serendipia
Viaje al Reino de Serendipia :: José Miguel A. Giráldez
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No es necesario buscar mucho para encontrar en cualquier lugar de Internet (no tanto en un diccionario al uso) el significado del término serendipia. Es decir, el significado del nombre de esta revista. En realidad, la palabra es inglesa: serendipity. O al menos, así la construyó por vez primera Horace Walpole, allá por 1754, en una carta dirigida a su amigo Horace (sí, también Horace) Mann. Hay que reconocer que el término es un hallazgo, quizás un hallazgo debido a la propia esencia de la serendipia. Digamos que la palabra, como un tesoro, como un anillo, tal vez hizo lo posible para ser encontrada. No olvidemos que un escritor es también un buscador de palabras, y así llegó Walpole a hallar, en algún lugar remoto de su ingenio, este vocablo de fonética frutal, este vocablo encantador, delicado, lleno del raro y agridulce néctar de la aventura ya desde su propio sonido. El sonido de las palabras inglesas no es cuestión baladí (por cierto, qué palabra, baladí). Y, desde luego, serendipity parece anunciar ya su significado a través de una fonética elegante y un tacto de terciopelo: encontrar cosas valiosas por azar, o sin proponérselo.
 Todos querríamos estar cargados de serendipity y que esa carga fuera inagotable. Claro que es algo que no puede medirse, ni calcularse. Es un extraño poder, algo inexplicable. Y, al mismo tiempo, es algo fieramente humano. La serendipia, o serendipidad (tales son los términos que se le han dado en castellano) no puede producirse si no se tienen unas tremendas ganas de encontrar. La serendipia no aparece porque sí, a tontas y a locas, sino que brota ante aquellas personas que están en condiciones de recibirla. Walpole, por ejemplo, encontró la palabra en uno de sus viajes, cuando escuchó el cuento de Los tres príncipes de Serendip: ya saben, ésos que fueron enviados por su padre el rey, en busca de las cosas más valiosas del mundo y que, a la postre, hallaron, por puro accidente, cosas aún mucho más valiosas e impredecibles que las que su padre podría haber imaginado. Quizás la palabra había estado allí, enterrada durante siglos, brillando en la oscuridad, hasta ser encontrada. Y Walpole logró verbalizarla, vislumbrarla, como quien halla un tesoro. Serendipity es una palabra demasiado hermosa como para ser el resultado de un trabajo de orfebrería verbal: parece más bien una palabra encontrada por casualidad bajo la arena.
La serendipia no es, a pesar de todo, un suceso extraño. Al contrario, suele salpicar incluso la vida diaria. Quizás hay que tener el estado de ánimo adecuado para ver lo serendipituoso de un suceso. Pero creo que suceden más las cosas accidentales que las programadas. La naturaleza no es nada aburrida. Y eso mismo deben de pensar los científicos, porque la ciencia está llena de momentos de serendipity, la mayoría de ellos realmente gloriosos. Hasta tal punto es así, que muchos piensan que la ciencia ha avanzado más por lo que ha encontrado sin querer que por lo que ha encontrado queriendo. Desde la penicilina al velcro. Desde la fotografía de Daguerre hasta los Corn Flakes de Kellogs: porque los descubrieron, por supuesto por azar, los quizás no suficientemente reconocidos hermanos Kellogs. Y así, podríamos elaborar una lista enorme que, por otra parte, ya existe. Quizás casi todo se lo debemos a la serendipia, a esa facilidad maravillosa de las cosas valiosas por presentarse de pronto, casi siempre a última hora, ante el que menos se lo espera.
El reino de los príncipes de Serendip ha cambiado mucho: se llamó Ceilán, y hoy es Sri Lanka. Pero eso no importa demasiado para nuestra historia. Aunque el territorio haya cambiado, la palabra no ha dejado de flotar persistentemente sobre nosotros. Sólo había que cazarla, como Nabokov hacía en su jardín con las mariposas. O desenterrarla de las arenas de Persia, que es el lugar en el que, según algunos, se originaron todos los cuentos maravillosos. Y he aquí, que la palabra, después de ser buscada con entusiasmo, ha venido a caer sobre la cabecera de esta revista. No sé si alguien la rescató, llevado por la atracción de sus brillos, o porque confió en ella como talismán para iniciar el camino. Si la serendipia fuera una piedra preciosa (con ese nombre, podría serlo), o un anillo lleno de poder, sería lógico colocarlo como amuleto sobre la mesa de esta redacción. Pero, en realidad, no es objeto. Sólo es una virtud. Sólo es un raro estado de las cosas, una confluencia de vectores, un capricho azul del azar. De pronto, mientras nos afanamos en algo, se produce el estallido de la serendipia. He pensado que puede producirse una luz, algo que tal vez no vemos, cuando eso que no buscamos, eso que ni siquiera sabemos que existe, decide abrirse camino ante nosotros. Quizás las cosas quieren ser encontradas para poder existir. Para poder ser. Y por eso se empecinan en cruzarse en nuestro camino, cuando en realidad estamos persiguiendo otras, más banales y menos luminosas. Lo único que ayuda a encontrar lo impredecible es buscar lo predecible. La audacia de saber mirar es muy importante. Por eso, quizás, los latinos decían Audaces Fortuna iuvat: la fortuna, la diosa Fortuna, ayuda a los audaces.

Que la serendipia os acompañe.

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