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Venecianas :: Alberto Ruiz de Samaniego
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:: Si la conciencia es agua, Venecia es su cerebro.
:: Hay algo meduseo en los leones de Venecia: no sólo su omnipresencia en la ciudad, también su imagen de poder, la fijeza de su mirada voraz, la extrañeza misma de su estar ahí, de frente a nosotros que, culpables, irrumpimos sin permiso en su territorio, en un ámbito sin duda enemigo, salvaje, inocentemente cruel.
:: Venecia paradigmática, profética. En su origen, el Ateneo Véneto fue sede de una fraternidad de encapuchados dedicados a escoltar a los condenados a la horca y procurarles un entierro digno. En los últimos dos siglos, ha acogido la Academia de Ciencias y Letras de Venecia.
:: Como en los cuentos. Lo relata Paul Morand, en sus Venecias: el dux lanzaba su anillo al mar como símbolo de los esponsales entre la ciudad y las aguas. Un pescador, muchos años después de la desaparición de la Serenísima, encontró ese anillo en el vientre de un pez. Ahora se puede ver en el Tesoro de San Marcos.
:: Pueblo de comerciantes. El penúltimo dux de Venecia, Paolo Renier, elegido en 1779, culmina con desfachatez escandalosa la imagen más mundana de Venecia. Elegido con los votos comprados, se casó en secreto con una turbia mujer a la que siempre presentó como su ama de llaves. Ciertamente, ésta, es fama, administraba los gastos de palacio de forma irreprochable: revendía a las corporaciones y cofradías de la ciudad los regalos que éstas hacían tradicionalmente al dogado en las más señaladas festividades.
:: Sentido del drama. Tras la destrucción de la basílica original, en el incendio de 976, el cuerpo de San Marcos que allí reposaba desapareció sin dejar rastro. Se dio el caso de que tan sólo tres personas estaban informadas de su situación exacta, y las tres habían muerto antes de poder revelar su secreto. Así, cuando el nuevo edificio estuvo terminado, se decretaron tres días de ayuno en toda la ciudad y se rogó a Dios por que las preciosas reliquias fueran descubiertas de nuevo. El tercer día, sus oraciones fueron escuchadas. A mitad de la misa mayor se oyó de repente un estruendo de escombros procedente del crucero sur. Una de las columnas de apoyo se había desplomado, revelando la presencia de un hueco del que asomaba un brazo humano que, de inmediato, se reconoció como perteneciente al Evangelista, que por supuesto no había sido en absoluto alterado por las llamas.
:: Invención veneciana: los casinos. La afición al juego llegó a ser tan poderosa en la Venecia del siglo XVIII que hundió en la miseria a muchas familias patricias venerables. Como al pobre Niccolò Grioni, que en 1762 hubo de regresar desnudo a su casa recién perdida, tras jugarse el último bien que le quedaba: su propia indumentaria.
:: Las columnas de la plaza de San Marcos. Robadas, como tantas otras cosas de Oriente, nadie era capaz de enderezarlas en la piazzetta. De hecho, una de ellas cayó al mar y aún allí reposa. Hasta que un joven ingeniero, conocido como Barattieri –apodo que remite a su afición a la fullería– se ofreció para enderezar las dos columnas, a cambio del derecho a instalar entre ellas mesas públicas de juego. Ambas columnas, que posteriormente serían coronadas con el león de San Marcos y con San Teodoro y su dragón-cocodrilo, fueron pues colocadas donde aún siguen hoy en día, y a continuación se instalaron las mesas de juego. Se dice que poco después el Gran Consejo intentó minimizar el valor de la concesión, designando el mismo lugar como escenario de las ejecuciones públicas.
:: La muerte en Venecia. Los castigos penales de la República abarcaban, desde el destierro a la ejecución pública o secreta. En el medio, condena a galeras, prisión en los célebres Plomos y Pozos. La muerte podía ser por ahorcamiento, decapitación o ahogamiento nocturno y ultrasecreto en la laguna, he ahí el mayor castigo, la pena más infamante: la desaparición absoluta y silenciosa en las aguas maternales de una República que devora a sus hijos más díscolos.
:: Palacio Ducal. Grafitis, pintadas, obscenidades en las paredes de los calabozos subterráneos del Palacio Ducal. Pero asciendes de ese infierno hacia los salones nobles del edificio y te encuentras con las pinturas de El Veronés, de Bellini y de Tiziano, con el paraíso de Tintoretto. No puede haber mejor imagen (dialéctica) de Venecia que ésta.
:: Conceptual. El Veronés fue requerido por el Tribunal de la Inquisición por incluir en una pintura de la Última Cena “perros, bufones, alemanes ebrios, enanos y otros seres absurdos”. Se le ordenó, pues, que corrigiera el cuadro. El Veronés se limitó a cambiarle el título. Es la pintura que actualmente se exhibe en la Accademia de Venecia, con el nombre de Banquete en casa de Leví.

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