
Serendipia se cita con Xosé Luis Barreiro Rivas (Forcarei, 1949) en una sala de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la USC. Sentado frente a la ventana y a contraluz, su silueta se recorta contra la ciudad de Santiago. Una nostálgica metáfora de los tiempos en los que la sombra de Barreiro se extendía sobre toda Galicia. Unos tiempos desde los que ha llovido mucho pero que dejaron una huella que ni la fuerte, densa y perenne lluvia santiaguesa habría sido capaz de borrar.
Barreiro fue conselleiro de Presidencia y luego vicepresidente en los gobiernos del popular Fernández Albor. Fue ampliamente considerado el hombre fuerte del gobierno, por encima incluso del propio presidente. Esta dicotomía explotó en 1986, con la salida de Barreiro del gobierno y con el comienzo de un culebrón político que pondría a la joven autonomía gallega en las portadas de toda la prensa.
El lío culminó con una moción de censura contra Albor que devolvió a Barreiro a la vicepresidencia, esta vez de la mano de los socialistas. Su segunda vicepresidencia sin embargo, no fue tan fructífera como la primera, a la que se le atribuye el que Galicia disfrute hoy de televisión autonómica o el que la burocracia de la Xunta disponga de la sede de San Caetano para organizarse.
Paradojas del destino, la ocupación actual de Barreiro está a caballo entre la estela mediática y la función pública. Su trayectoria vital le ha garantizado un puesto como columnista estrella de La Voz de Galicia, un despacho como profesor titular en la Facultad de Ciencias Políticas y un programa de entrevistas en la televisión que él luchó por crear. Si algo no se le puede reprochar a Barreiro es que no se haya labrado él mismo su propio camino.
S::Barreiro vivió épocas muy intensas, pero ¿por qué cree que en este momento no está tan de actualidad la política gallega? ¿Hay disputas internas pero no salen?
XLB::Hay dos motivos. El primero es que la política está mucho más normalizada, no existe un panorama abierto de posibilidades como había antes; las habas están contadas. Ahora no se espera ninguna novedad en la situación. Se espera a ver si el PP recupera el escaño que le falta o si no lo recupera, esa es la única novedad. Todo el mundo piensa que el PSOE puede subir 2 o 3 escaños pero no tener la mayoría, el Bloque puede bajar 2 o 3 escaños pero sigue siendo llave para la mayoría y el PP sigue estando ‘cerquiña’ de la mayoría, pero no la tiene. Ese es el juego de oportunidades que hay. Ni va a surgir otro partido ni parece que se vayan a producir escisiones dentro del Bloque ni nada. Por tanto, yo veo que todo está mucho más tranquilo por decirlo así; muchas menos posibilidades y muchas menos expectativas de las que daba entonces.
Por otro lado, a nadie se le oculta que, en estos momentos, los políticos como elementos capaces de mantener debates de altura y un discurso coherente en el análisis de las cosas, han desaparecido. Ahora todo es el ‘enchorizamiento’ de tópicos, el discurso parece que está hecho por ordenador “cortar-pegar, cortar-pegar… aquí hay una frase bonita, aquí hay otra… ahora le pongo aquí y ya está”. Pero eso no es siempre una señal de mal momento político. A veces es señal de un magnífico momento político el hecho de que no se necesiten grandes pilotos de la situación porque la situación está en paz y puede seguir con sus propias inercias.
S::Con ustedes, la política gallega estuvo de actualidad. Ahora quizá lo que ha pasado es que después de tantos años de monotonía en que nada ocurría y no había expectativa de cambio, la gente se ha desentendido de ese asunto.
XLB::La gente siempre estuvo bastante desentendida de ese asunto, a mi parecer. A la gente en Galicia ‘no le importa un cuerno’. Una parte importante del debate que teníamos sobre la idea de que Galicia se tenía que autogobernar, que había que luchar por la condición de nacionalidad y quería estar a la cabeza de tal y cual… Todo eso realmente es un problema de elites, que no cala para nada. Se está viendo ahora, a la gente el Estatuto no le importa nada.
S::Sí, claro. Y eso fue realmente su gran proyecto, traerse aquí al gobierno, luchar por el autogobierno. Pero la gente no lo apoyaba.
XLB::Sí, claro. Yo lo explico a veces diciendo que sufrí el síndrome del tren, el que cree que corre el paisaje y el que está corriendo es él. El paisaje estaba quieto. Yo creí que Galicia llevaba una gran marcha y el que llevaba una gran marcha era yo. De ahí que cuando me bajo me doy un leñazo porque el país estaba quieto y yo era el que llevaba la marcha. Esa confusión se produce a veces, y una confusión política grave. Por otra parte, ahí también hay otra cosa: hay un espíritu político en el que probablemente los últimos románticos hemos desaparecido. Yo tenía una concepción de la política que siempre era, en términos esenciales, pasajera.
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