

Según algunos sociólogos, las campañas electorales son demasiado largas. Agotadoras. Comienzan mucho antes de que se inicien oficialmente, y, desde luego, pasan por conseguir repetidas fotos en los periódicos, copiosas imágenes en los informativos, por breves que sean, o la máxima presencia posible en las tertulias de la televisión. Hoy, la política no puede entenderse sin los medios. Una inauguración, por ejemplo, de las muchas que suelen hacerse en periodo preelectoral, apenas tiene sentido si no hay periodistas que den fe de ella al día siguiente. O en los golosos informativos de la noche. Los actos concretos del político necesitan amplificarse. Pero los medios también sufren una pequeña revolución con el advenimiento de las citas electorales: las redacciones designan periodistas que seguirán febrilmente el ritmo de la campaña. Se trata de ser la sombra del candidato, de escuchar su mensaje las veces que sean necesarias, de acompañarle en mítines que, probablemente, se parecerán uno a otro como dos gotas de agua. En unas elecciones municipales, sin embargo, las cosas se complican. Aunque normalmente los medios siguen a los que se presentan por los núcleos de población más grandes, también los municipios medianos, y hasta los pequeños, quieren verse representados. La información tiene que atomizarse, justo lo contrario de lo que ocurre en las elecciones generales, donde se trabaja mucho más en términos de la macropolítica.
La presencia obsesiva de los candidatos durante los días de campaña responde a la creación de una atmósfera densa que se extiende sobre los ciudadanos, sobre todo, gracias a los medios de comunicación. Por supuesto, los partidos políticos organizan también una tupida red de la que es prácticamente imposible escaparse: vallas publicitarias que nos miran desde todos los ángulos, banderines, vídeos promocionales brotando desde cualquier pantalla, mítines multitudinarios, propaganda individual, entregada en mano o depositada en los buzones, pero también se multiplican las reuniones pequeñas, con vecinos de la tercera edad o con los jóvenes que buscan un primer empleo. Los símbolos son tan importantes como las palabras: es importante que todos los sectores de la sociedad se sientan representados.
Será la televisión, con todo, la que realmente marque los momentos estelares de la campaña. Mientras los periódicos parecen haberse especializado en sus famosas encuestas dominicales, no exentas del progresivo morbo del suspense, cuidadosamente dispuestas en gráficos multicolores, barras y tartas que diseccionan las ocultas, o no tan ocultas, intenciones de los votantes (para sorpresa, en ocasiones, de los propios votantes), en la pantalla aparecen los candidatos en acción, casi siempre jugando en territorio favorable, y, allá donde se llega a un acuerdo, puede verse, con suerte, algún debate televisado en hora punta. Las televisiones locales están desempeñando un papel muy importante en este sentido: conectan a ciudadanos y candidatos a las alcaldías más próximas de una forma directa y muy concreta.
Sin lugar a dudas, la televisión se ha apuntado otra vez un tanto en el tratamiento de los asuntos políticos. El formato Tengo una pregunta para usted, estrenado en Francia con Segoléne Royal y Nicolás Sarkozy, o sea, al servicio de la alta política, ha causado furor en España. No hay más que comprobar las altas audiencias registradas, tanto en el caso de Zapatero como el de Rajoy, superiores en ambos casos a los seis millones de espectadores. Y eso que, también en ambos casos, el programa competía con productos considerados muy atractivos desde el punto de vista catódico, como House, Los Serrano, o Supervivientes. Semejante éxito parece responder a un hecho muy concreto: por primera vez se le ha dado la voz y la palabra a los verdaderos votantes, a la gente anónima. La experiencia supone un salto cualitativo en la forma de tratar la política por parte de las televisiones. Desde el formato tradicional, la entrevista con un periodista conocido, más o menos afín a las ideas del entrevistado, más benévolo, o menos, se pasó a la entrevista coral, en la que eran varios periodistas (de diversas sensibilidades, a poder ser) los que preguntaban al líder político. Ninguno de esos formatos levantó nunca, ni de lejos, la expectación de Tengo una pregunta para usted. Todo ello a pesar de las dificultades a la hora de concretar los temas por parte de alguno de los preguntantes: quizás sucede que un plató sigue imponiendo respeto. Ni siquiera la chuleta que algunos llevaban parecía mejorar las cosas: al contrario, las empeoraba. Pero esa cierta torpeza, esa sensación de inseguridad ante las cámaras, aumentaba aún más la credibilidad del formato. Los ciudadanos que salían en la pantalla eran reales, con oficios normales, con familias asimilables a las de la mayoría de los espectadores. Y al ser reales los ciudadanos, las preguntas también lo eran. Se rompía así, ante seis millones de personas, la tradicional separación entre gobernantes y gobernados, y se daba a estos últimos la oportunidad de hacer lo que, sin duda, tantas veces habían soñado: hablar directamente con el Presidente, o con el candidato de la oposición, sin mediaciones de periodistas o de diputados. Este carácter de entrevista del pueblo, sin mediadores, más o menos espontánea, parece inaugurar, como decimos, un nuevo tiempo en las relaciones entre políticos y medios de comunicación.
(...)
Edita ARTEDARDO: Rúa Lisboa 6A, 3ºA. Área Central-Fontiñas. 15707 Santiago de Compostela. Tel.-Fax: 0034 881 976 986
