serendipia
Un sentido del humor para el arte estático :: Rubén Ramos Balsa
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El arte a lo largo de su historia ha tratado los grandes temas de la humanidad con el rigor y la dignidad que se merecen, y lo ha hecho trazando por todo su territorio una red de pensamiento definida por hilos conductores de ideales y de conceptos trascendentes, que el hombre en su ansia de conocimiento, pretendía extender más allá del horizonte al que su mirada alcanzaba. Pero alguna de esas líneas alzadas para conseguir glorias mayores, perdió la tensión necesaria y, con ella, parte de los conceptos que sostenía se debilitaron, cediendo en intensidad e intención, hasta dejarla como una goma blanda en contacto con el suelo, rozando con el propio terreno sobre el que se erguía. Es en esa pretensión inalcanzada, en esa tentativa fallida, donde aparece el humor y la ironía como único recurso al agotamiento del pensamiento y como estrategia salvavidas de una dignidad desmontada. Haciendo un recorrido por esta línea de baja tensión observamos que, algunas tentativas que habían funcionado como una resistencia menor al pensamiento dominante, albergaron en su núcleo el humor y lo irónico como sistema de reacción. Así, desde el principio, la ironía socrática, que planteaba alcanzar el conocimiento a través del desengaño, se ve subvertida en un flujo de resistencia oculta detrás del poder imperante (al igual que el bufón se burlaba detrás del rey y de la corte) y que los poderes dominantes trataron de aniquilar. Un ejemplo claro de ello es el del poder religioso, que consideraba tradicionalmente la risa como la expresión propia del diablo y que provocó en la edad media la aparición de una risa privada y secreta: la sonrisa, como sostiene Jacques Le Goff al inspirarse en la novela de Umberto Eco. En este caso concreto los sistemas de control iconoclastas del medievo se servían de lo estático para dar una supuesta y clarificadora explicación del mundo. La pintura era entonces un sistema de trasmisión simbólica que daba una sola lectura posible de lo desconocido. Para la representación eclesiástica la risa no tiene sentido en lo divino y por tanto no es representable, pues, como nos indica Baudelaire en sus escritos sobre lo cómico, el Verbo Encarnado, nunca ha reído. A los ojos de aquel que todo lo sabe y todo lo puede, lo cómico no existe. Y, sin embargo, El Verbo Encarnado ha conocido la cólera, ha conocido incluso el llanto. Sentimientos estos de pérdida de control y por lo tanto más próximos a lo humano que a lo divino.
Pero tampoco el fin de la edad media, el desapego religioso que acompañó al renacimiento, habilitó la introducción de lo cómico en el arte estático. La implantación del conocimiento a través del dominio de la razón, ejercería un nuevo control en el que la perspectiva central, el cuadro ventana, daban el punto de vista y la única mirada posible. De esta manera, si nuestra mirada era reverte frente a la planitud simbólica del medievo, ahora es profunda en la ilusión óptica que nos mantiene anclados. Los postulados renacentistas parecen, incluso, una antítesis de la ironía que, como comenta José Vicente Selma, “niega la existencia de un lugar, un sentido privilegiado, una orientación ante el desvarío”.
Siguiendo el rastro de esta línea dudosa en busca de otros intentos de ruptura con el rigor y la seriedad antropocéntrica, encontramos en lo pintoresco y en el testimonio de lo grotesco, un enfrentamiento a lo sublime y a lo trascendental como aspiración; con el desliz placentero que el rococó supone para la densidad barroca; con los enanos de Velázquez, la sordera de Goya y las primeras caricaturas a partir de siluetas. Esta sucesión de puntos corrosivos, de corte cínico y, más o menos inconexos, va a desembocar en la vanguardia gracias en parte al nacimiento de la Estética que, desde mediados del s. XVIII inaugura una filosofía del arte capaz de liberarlo de las ataduras morales o religiosas que lo someten. A partir de aquí, el arte de pensamiento racional, o racionalmente liberado, va a tratar de resolver la incontestable pregunta que el arte irónico se regocija en cuestionarle: ¿a dónde van esos hilos conductores que no conducen a ninguna parte?

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