serendipia
Carta del director :: Pablo G. Quintas
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Estimado/a lector/a:

Una chica con la que lo compartí casi todo durante décadas se casó el mes pasado en Santiago con un arquitecto asturiano. Buena comida, vino y baile hasta las siete de la mañana. Al día siguiente, resacoso, invité a dos primos a tomar una cerveza en mi casa. Son catalanes. Orgullosos de serlo pero sin caer en el radicalismo. Encendimos la televisión y en la Gallega echaban Luar. Gayoso les sonaba de anteriores visitas a Galicia. “¿Todavía sigue ahí?”, preguntaron, a lo que asentí con cierto gesto de resignación. “Joder, ni Mayra Gómez Kemp”, añadieron con una sonrisa irónica. El caso es que Gayoso presentó a la estrella invitada de la noche, el Puma; “¿El Puma? ¿Todavía sigue cantando?”, preguntaron de nuevo. No hizo falta ni que hablase, enseguida salió El Puma de siempre, con canas pero con su tupé, cantando una de sus míticas canciones ante el alboroto de las señoras presentes en la sala.
Nos despistamos hablando de la boda hasta que me levanté al baño. Desde allí escuchaba risas, con algo de sorna, comentarios de incredulidad y expresiones incluso dañinas. Salí. Enseguida lo entendí. Luar estaba inmerso en un apasionante concurso para elegir a Miss Galicia -programa del pasado 29 de junio-. ¿La chica más guapa de la comunidad? ¿La reina de la Tercera Edad? ¿Un certamen de tallas grandes? No, de lo que se trataba era de escoger a la vaca más guapa… como lo oyen, me acuerdo perfectamente de que una de las candidatas se llamaba Perica. Inmediatamente se convirtió en la preferida de mis primos, con ganas de cachondeo y sin acabar de salir de su asombro.
No son fáciles los cambios de ciclo, no es sencillo dejar atrás una etapa marcada por el Supermartes, Luar, Os Tonechos, en fin, la TeleGaita. Pero el esfuerzo que se ha hecho no es suficiente. Sigue Gayoso, pero también ha vuelto Piñeiro y Os Tonechos nunca se han acabado de marchar. Y si alguna vez lo hacen, repiten veinte veces sus actuaciones y todo arreglado. Con el cambio de Gobierno parecía que las cosas iban a cambiar de una forma más contundente, los primeros meses así lo hacían presagiar. Pero un nuevo logotipo no es suficiente.
Desgraciadamente llovió aquel fin de semana, aunque esta circunstancia no deslució en ningún momento la boda de esa chica con la que compartí tantas cosas. Mis primos se fueron con la sensación de que Galicia mantenía sus características: Gayoso en la tele, la vaca como musa de todos y la lluvia como fiel acompañante. En el banquete comieron marisco, pusieron queimada después de los postres, un cuñado tocó la gaita a las tres de la mañana y acabamos bailando muiñeiras.
Es posible que los de fuera hubieran echado de menos parte de estas cosas si no se las hubiesen encontrado. Pero si la apuesta era cambiar las cosas en el terreno de los medios de comunicación públicos, el camino recorrido es escaso. A pesar de las audiencias, hay apuestas que no pueden durar seis meses, porque la imagen de Galicia que vendemos a través de la pantalla es la misma que hace diez años. Y, hombre, algunas cosas sí que han cambiado en esta tierra. Tal vez ha llegado la hora de venderlas mejor. El nuevo logotipo, la G, no es suficiente.


El director

 

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