serendipia
Eugenio Ampudia
Cultura y espectáculo :: Juan Barro
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Sacarnos de encima el latiguillo de que el deporte no es cultura, expuesto en las más variopintas formas y maneras, es algo que ha costado lo suyo, si es que por fin, esta idea ha cambiado.
La cultura jamás es restrictiva, por lo que a nadie se le puede considerar inculto por centrar sus conocimientos en un determinado tema, como los deportes. Porque hay gentes muy versadas, por ejemplo, en la Guerra Civil Española, o en la importancia de una celebre personalidad, o en un descubrimiento y se les coloca la etiqueta de “cultos”.
Tan sólo como precisión, convendría recordar que para los griegos los Juegos Olímpicos eran algo más que deporte. Suponían una manifestación social y cultural de primer orden. Sócrates entraba en trance con la contemplación de tanta belleza atlética y Platón admiraba exultante la perfección física de los atletas. Sin embargo, nadie, a estas alturas de la historia, se atrevería a insinuar que estos señores eran unos incultos.
Curiosamente, aunque Cultura y Deporte no hayan estado muy hermanados en la consideración popular, sí han ido parejos en la administración política, porque el deporte también sirve para comprobar la capacidad organizativa, estructural y formativa de un país, a pesar de que los políticos se empeñaron durante un largo período de tiempo en asociar los deportes (sobre todo el fútbol) al pasado Régimen dictatorial, cuando por entonces no estaba nada bien visto ser narcotizado por el llamado “opio del pueblo”.
Y es que el deporte es un entramado que une el poderío físico con la frescura mental. De la competitividad aflora la imaginación y de la lucha deportiva por la captura de resultados el aumento de la calidad. En cualquier caso, de esa simbiosis cultura-deporte es la sociedad la que siempre sale ganando.
A asociar esos conceptos contribuyó en gran medida la televisión ya que, a través de ella, se pudo contemplar como en otros países disponían de una acertada estructura para potenciar a sus deportistas en la consecución de medallas y records.
Llegados a este punto, conviene recordar que el deporte es una importante fuente de ingresos para las economías de los medios de comunicación y entre ellos de manera más que notable para las televisiones. El dinero, que mueve al menos tantas montañas como la Fe, es en la actualidad el motor de inspiración para el binomio televisión-deporte.
Hasta hace poco tiempo la televisión pública no tenía la necesidad de anteponer cuestiones de tipo económico a planteamientos de programación deportiva. La transmisión de muchas competiciones no se realizaba pensando exclusivamente en la contrapartida monetaria, sino basándose también en argumentos de carácter didáctico, o en la promoción de disciplinas menos populares para motivar su práctica, sin tener que estar con la calculadora en la tesorería. La llegada de las televisiones privadas, ceñidas desde su implantación al concepto servicio-rentabilidad, ha desatado la competencia por ofrecer los que los otros no ofrezcan, y ello por fuerza obliga a agudizar el ingenio para montar un espectáculo propio sobre un espectáculo ajeno.
Para hacer esto, el ámbito del deporte resulta sin duda el escenario perfecto si todos coincidimos en que la televisión es fundamentalmente imagen. La televisión, dicen los analistas mediáticos, es el mejor medio de control y manejo de masas, pero uno, no se atreve a afirmarlo porque no es ni sociólogo, ni experto en Ciencias Políticas, tan sólo un comunicador que ni siquiera tiene apetencia de estudiar con detalle el impacto público del trabajo elaborado cotidianamente por los profesionales de la comunicación. La televisión cuenta lo que hay y que puede ser recogido desde distintos ángulos, pero al fin y al cabo, es tan sólo lo que hay, y por tanto tiene el valor y el encanto de la imagen inmediata. La televisión tiene la virtud de contarte la secuencia completa, de presentarte al personaje o la escena íntegra trasladándote al propio lugar de los acontecimientos, es decir, consigue que tengas al ídolo cerca o el escenario paradisíaco al alcance de tu mano. Dicho de otra manera, éste invento no te obliga a que imagines, tan sólo a que mires y eso hace que resulte imprescindible. Esa es su parte buena y a la vez su gran defecto. La televisión no es dada al detenimiento, es para las prisas, para ver, comentar en corrillos de trabajo o tertulias de café y casi olvidar. Por eso ocupa gran parte de nuestras horas de ocio e incluso en ocasiones despierta la parte sensible que a veces se nos duerme

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