
Cuando uno habla de un sector que factura 1.600 millones de euros al año y tiene a Inditex como bandera, todo ello en una comunidad autónoma en la que sus ciudadanos gastan una media de 700 euros anuales en ropa, es difícil no dejarse llevar por la euforia. La moda gallega es conocida en todo el mundo, la arruga es bella y las tiendas Zara son visita obligada en las principales capitales de toda Europa. Los mass media trasladan una imagen de triunfalismo en la que todo el mundo se ve reflejado, la Xunta quiere agrupar el potencial manufacturero en un clúster y los alcaldes se pelean por albergar en sus ayuntamientos una pasarela que sirva de promoción para el textil. Manuel Jove entra en Caramelo y Roberto Verino habla de sus bodegas por toda España. El escaparate es impactante, atractivo, pero ¿es oro todo lo que reluce? ¿Tapan las campañas publicitarias y el respeto de la prensa autóctona a personajes como Amancio Ortega y Adolfo Domínguez las miserias de un tenderete con luces de neón y pies de barro?
Mientras el presidente de Inditex gana 450.000 euros al día sólo por el alquiler de los inmuebles que posee y Adolfo Domínguez se apunta a la cruzada del cambio climático, en los últimos tres años cerraron en Galicia más de 220 talleres de corte y confección, lo que supuso que 2.800 personas se quedaran sin empleo. ¿Por qué? En Marruecos, una fábrica textil de las afueras de Tánger vendía hace dos años por 3,3 euros un pantalón a las grandes firmas españolas; hoy sólo cobra 2 euros. Las trabajadoras tienen jornadas de entre 12 y 16 horas en temporada alta, porque desde Galicia se les piden plazos de entrega de menos de seis días en aras de los cambios de escaparate. En China, casi 20 millones de personas trabajan en talleres textiles siete días a la semana en jornadas que también alcanzan las 16 horas. En su mayoría son mujeres menores de 25 años que emigran de las zonas rurales a las regiones orientales, donde se concentran las principales industrias del país.
En un principio, suena justificable que los empresarios gallegos del sector deslocalicen parte de su producción. Pero las cosas cambian cuando se profundiza en los precedentes: la moda y el textil gallego recibieron en los últimos quince años más de 120 millones de euros en subvenciones y créditos concedidos por el Igape, Xesgalicia, Sodiga y otros organismos oficiales para diferentes proyectos empresariales. Con el dinero ya invertido, ahora, las principales firmas del sector sólo se comprometen a mantener hasta un 50% de su producción en Galicia, justificando la deslocalización en la necesidad de reducir costes para mantener la viabilidad de sus empresas. ‘Coge el dinero y corre’, podía ser el título de esta película.
Durante años, Antonio Pernas desfiló en la Cibeles y abrió boutiques por todo el mundo mientras recortaba plantilla y contratos con talleres gallegos. El Igape le prestó varios millones de euros para su expansión internacional y el año pasado, ahogado por las deudas, la firma se integró en el grupo Caramelo. Parece imprescidible que el Gobierno autonómico introduzca nuevos requisitos en la concesión de ayudas económicas: si hay subvención, no puede haber deslocalización durante un buen puñado de años.
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